Se paseaba descalza por sus ruinas
tarareando su canción favorita mientras jugaba con una moneda de
aire haciéndola bailar entre sus dedos. Siempre que sorprendía a
alguien mirando fijamente al vacío se sentía identificada con los
relojes que tan solo dejaban pasar el tiempo y decidía arrancar de
cuajo todas las pilas de todos los despertadores de todas las casas
en las que nunca había amanecido.
Reía a carcajadas cuando todo era tan
triste que no quedaban motivos para dejar de aguantar la respiración,
sabía muy bien que cuando no le quedaba nada nada, no tenía nada que
perder. Llevaba la razón siempre encima hasta el día que la
desnudaron a escondidas de la suerte y la perdió entre unas sábanas
del color de todas las mentiras que estaba cansada de escuchar.
Odiaba los días pares que acababan en
trece, soñaba despierta hasta el punto y coma de dejarse caer en
cualquier poesía de cualquier escritor cualquier viernes treinta de
febrero, para después romper todas y cada una de sus libretas con la
punta de la lengua.
Era despistada, siempre se dejaba algún
mechón suelto cerca de todos los cabos que tenía bien atados. Iba
de puerto en puerto con la esperanza de que alguien se fijase en que
lo importante no es el ancla, lo importante es el suelo.
Lloraba zumo de limón a litros por no dejarse las compasiones, se
pasaba veinticinco horas al día rasgándose las penas entre las
trenzas que más tarde se arrancaba con sus propias excusas. No era
una chica fácil de entender, ni de desvestir, ni de retratar, ni de
escribir. Pero sí, por desgracia, de querer.
Creía en las primeras veces, pero no
en las segundas oportunidades. Tenía debilidad por las manos que
decían cosas más bonitas que algunas bocas de poetas de bragueta,
esos que subestiman a las mentes inquietas que se atreven a leer la
mierda que escupen en sus libros.
Era triste, era muy triste, pero estaba
feliz. Cada mañana se despertaba con un beso, se hacía un buen café
y se vestía con sus mejores motivos. Después salía a la calle a
comerse el mundo a suspiros de su propia mano, se salvaba la vida en
los pasos de cebra y en las rachas de resignación.
Escribía cada noche diecisiete folios,
los mismos que quemaba a la mañana siguiente con el primer cigarro
del día en el que esperaba convertirse en una persona nueva, sin
éxito. Se sentaba en silencio a escuchar el sabor de su último
orgasmo y se relamía los sueños.
Tenía tan solo diecinueve años y
setenta y nueve cicatrices.