viernes, 8 de mayo de 2015

Rotos descosidos


Se paseaba descalza por sus ruinas tarareando su canción favorita mientras jugaba con una moneda de aire haciéndola bailar entre sus dedos. Siempre que sorprendía a alguien mirando fijamente al vacío se sentía identificada con los relojes que tan solo dejaban pasar el tiempo y decidía arrancar de cuajo todas las pilas de todos los despertadores de todas las casas en las que nunca había amanecido.

Reía a carcajadas cuando todo era tan triste que no quedaban motivos para dejar de aguantar la respiración, sabía muy bien que cuando no le quedaba nada nada, no tenía nada que perder. Llevaba la razón siempre encima hasta el día que la desnudaron a escondidas de la suerte y la perdió entre unas sábanas del color de todas las mentiras que estaba cansada de escuchar. 

Odiaba los días pares que acababan en trece, soñaba despierta hasta el punto y coma de dejarse caer en cualquier poesía de cualquier escritor cualquier viernes treinta de febrero, para después romper todas y cada una de sus libretas con la punta de la lengua.

Era despistada, siempre se dejaba algún mechón suelto cerca de todos los cabos que tenía bien atados. Iba de puerto en puerto con la esperanza de que alguien se fijase en que lo importante no es el ancla, lo importante es el suelo.

Lloraba zumo de limón a litros por no dejarse las compasiones, se pasaba veinticinco horas al día rasgándose las penas entre las trenzas que más tarde se arrancaba con sus propias excusas. No era una chica fácil de entender, ni de desvestir, ni de retratar, ni de escribir. Pero sí, por desgracia, de querer.

Creía en las primeras veces, pero no en las segundas oportunidades. Tenía debilidad por las manos que decían cosas más bonitas que algunas bocas de poetas de bragueta, esos  que subestiman a las mentes inquietas que se atreven a leer la mierda que escupen en sus libros.

Era triste, era muy triste, pero estaba feliz. Cada mañana se despertaba con un beso, se hacía un buen café y se vestía con sus mejores motivos. Después salía a la calle a comerse el mundo a suspiros de su propia mano, se salvaba la vida en los pasos de cebra y en las rachas de resignación.

Escribía cada noche diecisiete folios, los mismos que quemaba a la mañana siguiente con el primer cigarro del día en el que esperaba convertirse en una persona nueva, sin éxito. Se sentaba en silencio a escuchar el sabor de su último orgasmo y se relamía los sueños.

Tenía tan solo diecinueve años y setenta y nueve cicatrices.




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