miércoles, 31 de diciembre de 2014

L a u r a

Escribir poesía es como desnudarte ante cualquiera que se atreva a leerte.

Ya me he desabrochado la camisa.

Ella es como el tacto de las sábanas frías al entrar en la cama con más sueño que sentidos
como saltar al vacío y encontrártelo lleno
el primer beso con los mismos labios de siempre
un papel arrugado con una obra de arte dibujada a arañazos
el estribillo de tu canción favorita sonando en el momento justo del orgasmo
llover en verano
sonreír en un funeral 
pedir la paz antes de una guerra
 que tú misma has querido empezar.


Mucha casualidad me parece que su nombre y libro empiecen por la misma letra.

Huele a naufragio nuevo en el fin del mundo y sabe que el tiempo que llevamos siendo no es ni una mínima parte del tiempo que nos queda. No es que sea una chica feliz, es que existe feliz y me hace feliz el simple hecho de que exista. Que perderse por Madrid con ella es encontrarse.
Es ese cactus al que hay que aprender a abrazar, ese mar que siempre choca contra mi orilla, que me acaricia con sus olas como leyéndome en braille. Puedo agarrar las cinco letras de su nombre con una sola mano, y sin embargo tiene un corazón que no le cabe en cualquier espejo.

Ella es la única inmortal con la que me atrevería vivir el resto de mi vida
tatuándome poesía
fumando en cualquier terraza
de cualquier bar
y con la certeza
de que voy a estar en buenos versos.







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