Llámalo historia de amor.
Sujeta entre sus manos una taza de café ardiendo, entre los párpados esa tristeza que llegó demasiado pronto y entre los dientes el tiempo que se le escapa excesivamente rápido.
Piensa que ya nada le puede doler más de lo que ya le han dolido, se ha hecho tantos torniquetes que la sangre ya no corre por sus venas y ella solo grita si es para correrse.
Hace tiempo que pasó de temblar de miedo a temblar de frío, y no sabe qué es peor.
Su vida es como pasar de un acústico de Seahaven a un directo de Architects, constantemente.
Siempre ha sido una enamorada de las canciones tristes, de las voces que hacen sentir que algo vale la pena, y de las manos que le tocan como acaricia las techas de su piano.
Se muerde el labio inferior, inspira paciencia y expira el pasado.
Llámalo autosugestión.
Sujeta entre los labios un cigarro que se consume más rápido que su paciencia, entre sus piernas las ganas que acaban en orgasmo un domingo a las 5 de la madrugada y entre sus ideas silencio.
Piensa que ya no puede querer más de lo que ya ha querido, se mira las cicatrices y se dice en bajito ''no te lo crees ni tú'', los golpes han hecho que no crea nada que no pueda destruir.
Hace tiempo que pasó de contar secretos a guardarlos, y no sabe qué es mejor.
Su vida es como beberte un litro de agua con una resaca de cojones: está molesta pero aliviada.
Siempre ha sido de ahogarse en alcohol antes que en lágrimas, de poner sus límites donde no haya límites, y de fumar de más cuando echa de menos.
Se muerde las ganas de saltar al vacío.
Sístole: ella es el veneno.
Diástole: ella es el antídoto.
Llámalo historia de amor propio.
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