Dejé de verlo todo negro
cuando me quité la venda de los ojos
para atármela al cuello
acostumbrada a la oscuridad, ahora solo quiero que llegue la noche
y me consuma.
Me corté el pelo
porque al menos no deja cicatrices
con las manos en el fuego, dejo que este crezca
a la vez que olvido lo muchísimo que le echo
-de menos-
de mi vida.
Dejé de llorar océanos
cuando le vi ahogándose en seco y frenando en vacío
-mis demonios han aprendido a nadar-
su vaso está medio lleno porque gotea arrepentimiento
nunca ha sido de admitir sus derrotas.
Me empecé a querer
cuando dejó de hacerlo
pasó por encima de mi cadáver vivo
como quien pasa por una moda absurda
en silencio
de hacerme bien y el amor a la vida gris
soy demasiados pedazos para que cualquier paciencia se pare a juntarlos
cosidos mis labios al puto infierno.
Dejé la conciencia en el desván
y me encontré un corazón de segunda muerte
con forma de isla vacía
luna llena de cactus
con miedos menguantes
en cuartos crecientes de hoteles rústicos para orgasmos míticos
siempre sola.
Me tatué sus promesas
en las cuencas de los ojos
con los que ya no se deja ver
esperando un dolor que nunca superará al que me hizo
y aún así, todas las madrugadas me desvisto
de luto
y desnuda de duda
me busco.
Semicolon.
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